C'était le plan si l'Apollo 11, Aldrin et Armstrong auraient échoué

«El destino ha querido que los hombres que fueron a explorar la Luna en paz se quedaran en la Luna a descansar en paz. Estos valientes hombres, Neil Armstrong y Edwin Aldrin, saben que no hay esperanzas de rescatarlos. Pero también saben que existe esperanza para la humanidad en su sacrificio. Los dos han dado sus vidas por el objetivo más noble de la humanidad: la búsqueda de la verdad y la comprensión.

Serán llorados por sus familiares y amigos. Serán llorados por su nación. Serán llorados por la gente del mundo. Serán llorados por una madre Tierra que se atrevió a enviar a dos de sus hijos hacia lo desconocido. Otros los seguirán, y seguramente encontrarán su camino a casa. La búsqueda del hombre no será negada. Pero estos hombres fueron los primeros y seguirán siendo los primeros en nuestros corazones».

Estas eran las palabras con las que el presidente de Estados Unidos Richard Nixon tenía que haber anunciado en algún momento entre el 21 et le 22 de julio de 1969 que la expedición lunar del Apollo 11 había sido oficialmente un fracaso. Con las que tenía que haber consolado a las viudas e hijos de los astronautas, y también al mundo entero. El texto, évidemment, no lo había escrito Nixon, sino uno de sus por aquel entonces redactores de discursos, el escritor William Safire.

El plan B era que no había plan B. La idea del discurso no había sido ni de Nixon, ni de Safire, sino de uno de los astronautas del Apollo 8, el comandante Frank Borman, el contacto de la Casa Blanca con la NASA.

Según cuenta William Safire en su autobiografía Antes de la caída, Borman le dijo: «Tienes que pensar en una postura alternativa para el presidente en caso de que haya algún percance en la misión del Apolo 11». Borman debió ver a Safire dudar, así que añadió: «Tendría —Borman continuó— que pensar, par exemple, en qué hacer con las viudas de los astronautas». La solución de la Casa Blanca era llamarlas por teléfono antes de leer el comunicado por televisión.

El discurso se escribió, porque había una larga lista de cosas que podían ir mal —el aterrizaje en la Luna, el despegue después y posterior acople en el módulo de comando en el que les esperaba Michael Collins, el tercer astronauta de la expedición—, pero sobre todo porque la NASA no tenía un plan de rescate si el Apollo 11 no era capaz de regresar a la Tierra.

La principal dificultad era que el rescate implicaba que se contaba con un vehículo capaz de lidiar con las condiciones que ya habían inutilizado el que transportaba a los que se pretendía rescatar. Las naves espaciales Apollo eran las más avanzadas que existían en ese momento. No había nada en la plataforma de lanzamiento listo para ir al rescate del Apollo 11, y en aquel momento no había ninguna otra nave disponible que tuviera la capacidad para transportar tanto a la tripulación necesaria para volar como a 2 la 3 astronautas rescatados y el equipo asociado para mantenerlos con vida. Eso, por no hablar de que el oxígeno de los astronautas se habría agotado antes de que otro vehículo pudiera llegar a la Luna. Se pusieron algunas ideas sobre la mesa, pero no había tiempo ni fondos. Así que en 1969 no había plan B.

Armstrong y Aldrin, al igual que Michael Collins, Quoi, recuerda, no pisó la luna, sabían dónde se metían. Sobre todo los dos primeros. Neil Armstrong había anunciado públicamente había un 90% de posibilidades de regresar a salvo de la superficie y solo un 50/50 de posibilidades de aterrizar con éxito (lo que casi sucedió cuando se desviaron de su curso cuando se separaron del módulo principal). «Mi terror secreto durante los últimos seis meses ha sido dejarlos en la Luna y regresar a la Tierra solos; ahora estoy a minutos de descubrir la verdad del asunto», escribió en su cápsula Collins, mientras orbitaba alrededor de la Luna. «Si no logran salir de la superficie o chocan contra ella, no me voy a suicidar; volveré a casa de inmediato, pero seré un hombre marcado de por vida y lo sé. Ahora estoy verdaderamente solo», escribió. Collins era perfectamente consciente de que tenía que dejar a sus compañeros si algo salía mal.

«En su sacrificio, unen más estrechamente la hermandad del hombre. En la antigüedad, los hombres miraban a las estrellas y veían a sus héroes en las constelaciones. Actuellement, hacemos lo mismo, pero nuestros héroes son hombres de carne y hueso», concluía el discurso.

Por Rafael Galán

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